En septiembre de 1888, en una plaza de Arlés, un hombre pintó de noche. No fue un gesto casual: se había prohibido a sí mismo usar negro. Ni una gota. Para él, la oscuridad no era ausencia de color, sino azul profundo, violeta, verde. El resultado fue "Terraza del café por la noche", una de las pinturas más reconocibles de Vincent van Gogh.
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Mucho antes de que el cine de terror inventara el término "gore", la pintura ya había recorrido ese territorio incómodo donde conviven la muerte, la violencia y lo grotesco. Desde los infiernos medievales hasta las pesadillas del Romanticismo, algunos de los artistas más celebrados de la historia decidieron no apartar la mirada de lo que la mayoría prefiere evitar: el cuerpo herido, la carne descompuesta, el instante exacto de la muerte.
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Hay cuadros que se explican solos. Y hay otros que, cuanto más se miran, más preguntas dejan abiertas. "El encuentro en las escaleras de la Torre" pertenece a la segunda categoría. A primera vista es una escena tranquila: un hombre y una mujer se abrazan en una escalera de piedra, ella con los ojos cerrados, él apoyando los labios sobre su brazo.
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Hay escenas de la mitología griega que parecen haber sido creadas para hablar de algo que sigue ocurriendo miles de años después. La de Ulises frente a las sirenas es una de ellas. John William Waterhouse la pintó en 1891, en uno de los momentos más interesantes de su carrera, y el resultado es una imagen extraña y perturbadora: un hombre atado al mástil de su barco mientras criaturas con rostro femenino, cuerpo de ave y enormes garras lo rodean.
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