Picasso nunca pintó de la misma manera. Quizás esa sea una de las mejores formas de acercarse a él. No como al hombre que inventó una manera particular de pintar, ni como al artista que un día decidió romper las reglas para siempre, sino como a alguien que parecía tener una necesidad casi permanente de cambiar la forma en que miraba el mundo.
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Pocas pinturas han sido tan miradas, estudiadas y reproducidas como La ronda de noche. Rembrandt la terminó en 1642 y, casi cuatro siglos después, todavía guarda secretos. Muchos de ellos no estaban a la vista: salieron a la luz gracias a la Operación Ronda de Noche, el proyecto de investigación y restauración que el Rijksmuseum de Ámsterdam inició en 2019 con un equipo de más de veinte científicos, restauradores, conservadores y fotógrafos.
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Mucho antes de que existiera la palabra "santuario" tal como la entendemos hoy, los griegos ya tenían un lugar sagrado dedicado al agua y a quienes la habitaban. No era solo un espacio bonito: era la morada terrenal de unas divinidades menores que, según se creía, podían bendecir o castigar a quien se atreviera a molestarlas. Ellas eran las ninfas, y el lugar donde se las honraba se llamaba ninfeo.
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Antes de que el primer rayo de sol toque los valles, las cumbres guardan secretos que los mortales rara vez logran contemplar. Para los antiguos griegos, las montañas no eran lugares desiertos: también podían estar habitadas por espíritus de la naturaleza, jóvenes eternamente hermosas que encarnaban la belleza salvaje de la tierra. Ellas eran las ninfas.
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