El viento soplaba con furia sobre la isla de Naxos, azotando las rocas y levantando pequeñas olas que rompían contra la orilla. Ariadna estaba sola, sentada sobre una piedra desgastada por el tiempo, con la mirada perdida en el horizonte. Sus manos, que alguna vez habían sostenido el hilo salvador del laberinto, ahora descansaban inertes sobre su regazo, temblando de frío y desesperación. El vestido blanco que llevaba estaba rasgado en los bordes, sucio por la arena y el polvo, como un reflejo de su alma destrozada. Teseo se había ido. El héroe al que había salvado, al que había entregado su corazón y su futuro, la había abandonado sin una palabra, sin un adiós.
Un hombre y una mujer rezan el ángelus, oración que recuerda el saludo del ángel a María durante la Anunciación. Han interrumpido su cosecha de papas y todas las herramientas de este trabajo, la horquilla, los sacos y la carretilla, están representados. En 1865, Millet cuenta: "El Ángelus es un cuadro que he realizado, pensando en como, trabajando antaño en el campo, a mi abuela no se le escapaba, cuando oía tocar la campana, de hacer que nos detuviéramos en nuestra labor para rezar el ángelus para estos pobres muertos ".
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