Un verdadero ícono y no solo de la Galería de Arte Brera, el Beso de Francesco Hayez se usó en el pasado en las cajas de una conocida marca de chocolates para celebrar el Día de San Valentín. Pintado por Hayez a los setenta años, el cuadro se impuso de inmediato también por su carga sensual en una época todavía puritana.
El famoso Beso de Francesco Hayez fue encargado por el conde Alfonso Maria Visconti y presentado en la exposición anual de la Academia Braidense de Bellas Artes en 1859, apenas tres meses después de la entrada triunfal en Milán de Vittorio Emanuele II y su aliado, el emperador francés Napoleón III, que se había unido al ejército lombardo-piamontés para lograr la independencia de Lombardía de los austríacos.
Un encargo con doble intención
Lejos de ser una idea espontánea del pintor, existe evidencia de que el mensaje político fue parte del pedido original. El conde Visconti conocía perfectamente el compromiso de Hayez con la causa patriótica italiana, y el pintor ya era considerado, en palabras del propio Giuseppe Mazzini, el "jefe de Pintura Histórica que el pensamiento nacional exigía en Italia".
El contexto no era menor: bajo el dominio austríaco, las organizaciones secretas que impulsaban la unificación italiana eran perseguidas y reprimidas sin piedad. Hablar abiertamente de rebelión podía costar la cárcel o algo peor. Hayez, frecuentando los mismos círculos patrióticos que conspiraban contra el ocupante, encontró en la pintura histórica y sentimental una forma segura de decir lo que no podía decirse en voz alta: disfrazó la conspiración y la lucha contra el invasor bajo la superficie de un romance inofensivo.

Una despedida, no un encuentro
Adquirida por el museo en 1887, la pintura aparentemente simple e inmediata en realidad esconde una lectura patriótica y no representa solo a dos amantes retratados en el acto de intercambiar un beso apasionado. Todo en la escena sugiere urgencia y despedida, no encuentro.
La rodilla flexionada del joven, con el pie ya apoyado en el primer escalón, no es un gesto de cariño: es la postura de alguien que está a punto de irse. Es como si la joven acabara de bajar de sus habitaciones solo para alcanzar ese último instante junto a él antes de que parta hacia un destino incierto.
En un examen más detenido, la daga junto al joven sobresale de su costado, presionando contra él de manera amenazante incluso en medio del abrazo amoroso — un recordatorio silencioso del peligro que lo espera apenas cruce esa puerta.
Dos banderas en un mismo abrazo
El detalle más fascinante del cuadro está en los colores de la vestimenta. Azul, blanco, rojo y verde: cuatro colores que no están ahí por casualidad, sino porque pertenecen a dos banderas a la vez. El celeste del vestido de ella, el blanco de los puños de ambos y el rojo de las medias de él recomponen los colores de Francia; ese mismo blanco y ese mismo rojo, junto al verde presente en el cuello de la capa del joven, recomponen los colores de Italia.
Los colores no se separan: se funden, tal como se funden los cuerpos de los dos amantes. Es una manera visual de decir lo que en 1859 nadie podía pronunciar en público: la alianza secreta entre el Imperio francés y el Reino de Cerdeña-Piamonte contra el dominio austríaco.
Esa alianza tuvo nombre y apellido. Napoleón III de Francia y Camillo Benso, Conde de Cavour, sellaron en secreto el pacto que meses más tarde desencadenaría la Segunda Guerra de Independencia italiana. Donde el público general veía un romántico e inofensivo beso, muchos italianos reconocían de inmediato la alianza entre Francia y los reinos de Piamonte y Cerdeña, unidos para enfrentar juntos a los austríacos.

La sombra en la escalera
A la izquierda de la composición, una figura permanece casi oculta entre las sombras de la escalera: una criada, reconocible por la cofia sobre su cabeza, que se retira de espaldas a la escena. Su presencia agrega un toque de misterio y discreción — es probable que haya sido ella quien facilitó este encuentro robado, cuidando la privacidad de la pareja mientras se aleja en silencio.
Lejos de ser un detalle decorativo, esa figura refuerza el carácter furtivo y peligroso del encuentro: todo en la escena, desde la postura de los amantes hasta la presencia de quien vigila su intimidad, apunta a un amor que debe mantenerse oculto.
Historia disfrazada de sentimiento
El lienzo fue interpretado de inmediato por la culta burguesía milanesa en este sentido político, planteando simbólicamente el gesto simple y eterno, cotidiano pero también profundo, entre los dos jóvenes, como la despedida de un patriota que parte hacia una empresa militar.
Durante la década de 1850, el artista recibió críticas de quienes lo acusaban de realizar una pintura histórica poco fiel a los hechos representados, dando mayor importancia a los sentimientos y afectos que al respeto objetivo por la verdad histórica. Pero es precisamente esa libertad — ambientar la escena en un vago siglo XIV, con trajes de época y sin referencias explícitas a 1859 — lo que le permitió a Hayez decir, sin decirlo, lo que millones de italianos sentían en ese momento.

El cuadro se convirtió en un símbolo de la unificación de Italia, y es probable que ayudara a consolidar su éxito final apenas dos años después, con la proclamación del Reino de Italia en 1861. Lo que parecía un simple beso romántico terminó siendo una de las declaraciones políticas más audaces — y mejor disimuladas — de la pintura del siglo XIX.
Te invitamos a disfrutar de un vídeo con obras en dónde el beso es el protagonista.
LA OBRA
El Beso (El beso. Episodio de la juventud. Trajes del siglo XIV)
Artista: Francesco Hayez
1859
Técnica: Óleo sobre Lienzo
Dimensiones 110 x 88 cm.
Museo: Pinacoteca Brera
Milán, Italia
pinacotecabrera.org
